I
¿Has visto tú el oleaje bravío
de sus ojos íntimos
llenos de dulzura ajena a tiempos?
Existe ocre la pálida creencia
que allí vimos.
En estos días sin sabor, soleados,
la busco
entre las espumas
de la memoria ya herida.
Entre la nieve heredada y la lluvia por merecer.
"Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos".Jorge Luis Borges
Antonio J. Caballero Jiménez es licenciado en Filología Hispánica, máster en Investigación Teatral y máster en Dirección y Puesta en Escena. Investiga y escribe a través de un doctorado en la Universidad de Granada en torno a la Escuela de Espectadores de Dubatti. Es profesor en Secundaria y Bachillerato.
Es autor de las letras de las canciones de Alendra. Como poeta ha publicado tres libros - La esperanza que me da el miedo (Gráficas Alhambra, 1993), Herencia de la nieve (Esdrújula, 2023) y Para merecer la lluvia (Puerta Granada, 2026) - y avanza hacia un cuarto poemario en torno a la figura de Baruch Spinoza; parte de su obra breve ha aparecido en revistas como Acontecimiento y Lumbre. Es también director de teatro y director en psicodrama, y dirige talleres de teatro aplicado a la educación, la salud y el trabajo social, y el proceso de conocerse a sí mismo a través de conceptos como encuentro, momento y acontecimiento.
Amo la poesía porque es, antes que cualquier otra cosa, una forma de conocimiento. No explica el mundo: lo dice de un modo al que ningún otro lenguaje llega. Hay una parte de lo real - el dolor, el amor, lo que se pierde - que solo el poema consigue nombrar sin traicionarla. En ese nombrar se juntan la música, el pensamiento, la intuición y la imagen - todo el lenguaje puesto a adentrarse en un mundo propio que, mientras se escribe, se está haciendo todavía-. La poesía es también, por eso, una forma de elevar la conciencia. Escribo, entonces, no para repetir lo que ya sabemos, sino para decir aquello que, de otro modo, se quedaría sin voz: un mundo que es imposible de decir de cualquier otra manera.
Se escribe para reconquistar la derrota sufrida siempre que hemos hablado largamente.María Zambrano
No hay nada más. La poesía es hoy la última casa de misericordia.Joan Margarit
La poesía es, antes que nada, música. No como ornamento, sino como estructura íntima del pensamiento, como una forma de organizar el sentido antes incluso de saber qué quiere decir. Un poema funciona o no funciona como funciona una frase musical: primero en el cuerpo y después en la inteligencia. El ritmo no es un vestido: es, para mí, aquello que sostiene todo lo demás.
Pero es también pensamiento en acto: no cae del cielo, tantea entre la niebla como si tuviera bordes. Me importa la tradición que viene de Juan Carlos Rodríguez - la conciencia de que el poema no es inocente, de que el lenguaje nos habla tanto como nosotros lo hablamos, de que escribir es también preguntarse desde dónde se escribe y quién es el que escribe. Algo del pensamiento de la cábala resuena aquí también: la dimensión de Hod, el logos intentando una y mil veces organizar lo que se le escapa. Ahí está la arquitectura de mi poesía: hecha de historia, de ideología y de cuerpo, de heridas que muchas veces no recordamos haber recibido. La poesía eleva, sí, pero solo desde ese saber spinozista de lo que puede un cuerpo.
Me reconozco en una poesía pegada a lo concreto y a lo vivido, no como superficie, sino como el lugar donde late una ontología de la potencia para crear y una ontología del sentido que de ahí deviene y hace devenir.
No me interesa el testimonio por sí mismo, sino aquello que permanece oculto bajo él. El poema es, para mí, una excavación: una búsqueda de lo que respira debajo de las palabras y de los hechos.
Yo escribo para decirme. No para explicarme ni para comunicarme en el sentido convencional, sino para encontrar a ese otro, y a esos otros que soy, que el lenguaje ordinario no alcanza o no se atreve a nombrar. La poesía es, para mí, la taberna donde puedo decir lo que no se dice, donde el inconsciente tiene permiso para hablar con precisión. Esa paradoja - la precisión de lo oscuro, la claridad de lo que no comprendo del todo - es una de las razones que me mantiene escribiendo.
Entonces, escribir un poema es un acto de escucha hacia dentro: la que se aventura hacia la memoria, como un cuerpo a oscuras, y regresa con otros ojos; la que nombra lo que queda de las personas que ya no están; la que intenta nombrar lo que el cuerpo sabe y la razón ignora. Entre la nieve, bajo la lluvia y en el escalofrío, he ido reconociendo mi propio territorio. No sé si lo he cartografiado. Sí sé que sigo buscando.
Gráficas Alhambra, 1993.
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¿Has visto tú el oleaje bravío
de sus ojos íntimos
llenos de dulzura ajena a tiempos?
Existe ocre la pálida creencia
que allí vimos.
En estos días sin sabor, soleados,
la busco
entre las espumas
de la memoria ya herida.
Despertar es a veces tan terrible,
a veces tan sórdido despertar.
Es tan terrible despertar sin sentir,
cuando piensas que nada vuelve a ser,
y el alba no te inspira nada cercano,
nada fiel y posiblemente bello.
Es tan triste leer el periódico al despertar.
Hasta ver que todo ahí es nada,
si sus ojos no están cercanos,
como este otoño,
que deja vestigios de nostalgia,
en las entretelas del olvido
¡Despertar es tan fuerte en algunos momentos...!
Hay despertares
para los que no quieres levantarte.
Doy por acabado este libro unos minutos antes de que mi hermana María Asunción me llame para darme la noticia de que mi padre está llegando a su final. De la herencia de la niñez suelo quedarme con los cuentos que él me contaba y la manera tan conmovedora y teatral que tenía de hacerlo; también con su biblioteca: siempre que me cobijaba en ese espacio podía reconciliarme conmigo, con mi desasosiego temprano y con mi mundo de sueños. El Quijote, las novelas de Agatha Christie, las Fábulas de Samaniego, La vida del Buscón de Quevedo... Quizá, pienso ahora, tenía la fantasía de poder conocer mejor a mi padre a través de lo que él ya había leído. De él, de su pasión y dedicación por la escritura, la lectura de novelas, de periódicos y las narraciones orales, recibí el amor por la literatura. Aunque la poesía llegó por otro sitio. Primero, a través de las canciones que venían de la mano de cantantes como Carlos Cano, Joaquín Sabina, Rosa León; después, con poetas como Espronceda, Bécquer y Lorca.
Pero en un tiempo concreto se abriría una ventana al asombro. A los quince años, mi profesor de literatura y poeta, Fidel Villar Ribot, nos presentó la Antología de la joven poesía granadina publicada por la Fundación Caja General de Ahorros de Granada (1990). Todos y cada uno de los poetas y cada uno de los prólogos que ahí encontré fueron el umbral de mi amor por los versos. ¡Cuánto agradecimiento siento por lo que aprendí y disfruté! José Carlos Rosales, Rafael Juárez, Álvaro Salvador, Justo Navarro, José Gutiérrez, Antonio Jiménez Millán, Ángeles Mora, por citar alguno de sus integrantes. Con devoción, empecé a escribir y sobre todo a leer poesía hasta hoy. Luego vino la universidad, y con ella las clases y los libros de quien siempre consideraré un maestro, Juan Carlos Rodríguez.
Este poemario no tiene ninguna pretensión de ser una autobiografía. Un deseo, y en parte una necesidad, llegaron a mi vida durante mi formación en psicodrama cerca ya de los cuarenta. Empecé la escritura de este libro al tiempo que me decidí a estudiar la memoria y sus huellas en el teatro español contemporáneo. Con distintas formas, poesía o investigación, todo responde a una misma búsqueda.
La nieve me acompañó, junto con el frío, la lluvia y el viento, en los últimos años de los setenta y los primeros de los ochenta del siglo pasado. Pocos días había mejores que aquellos en los que el blanco de la nieve cubría las calles, los campos y hasta donde alcanzaba el horizonte. Es para mí la nieve una memoria trenzada de emociones y sensaciones, de fragancias y de imágenes, que me posibilita observar el dolor que me tocó vivir. Puedo decir con Gastón Bachelard que la nieve perdida para siempre vive de un modo muy hondo en mí.
Mirar la nieve de frente es contemplar la historia de uno y comprenderla. La nieve crea un adentro y un afuera, una casa imaginaria para ser en ella y una fuerza deseante que desde fuera te impele a regresar. Todas las historias de este libro, las huellas emocionales y sentimentales de cada poema, hablan sobre todo de mí y de lugares y espacios de mi alma. Ello hace que la escritura de este libro, que tanto me ha escrito él a mí, me haya devuelto con creces un tiempo habitado por muchas memorias a las que honrar.
Cuando esto se logra en alguna medida, el tiempo de la prisa y del hacer cede, y gana espacio el de la bondad y el del compromiso con la vida. Si como escribe G. Agamben la infancia y el lenguaje están entrelazados en un pasado presente, escribir/nos en este libro ha sido también una reflexión acerca de la experiencia y de la historia. Y tanto en una como en otra hay algo fundante que podría decirse así: este libro no podría existir sin el regalo en mi vida de la figura eterna de mi padre.
Antonio J. Caballero
"Es un libro precioso. Delicado como el material que aborda"
Fernando Jaén Águila, en el prólogo, lee Herencia de la nieve a través de la etimología de "recordar" - volver a pasar por el corazón - y sitúa el libro en la tradición de la Otra Sentimentalidad granadina y la huella de Juan Carlos Rodríguez. Repasa la estructura en cinco partes del poemario y cierra comparando su larga gestación con la del Barco sin luces de Luis Pimentel, prologado por Dámaso Alonso: un libro, dice, que nunca tuvo prisa.
Mi padre conocía muy bien el oficio de artesano del barro. Con su muerte recibo el impacto de su luz, una luz que fue emitida hace noventa y pocos años. Entonces toca a mi puerta la necesidad de orden interno. Como quien recoge en un tejar artesano las tejas y los ladrillos tras una tormenta, he deseado escribir estos poemas para "escribirme en el fragmento del nombre que me falta". Al morir mi padre, la realidad perdió algo de su misterio y me dejó a la intemperie de un invierno difícil. Por otra parte, entiendo que un libro de poemas acerca de la pérdida debe ser, ante todo, un refugio habitable, como diría el poeta Joan Margarit. En Para merecer la lluvia, he querido reconstruir el mapa de un hombre que amaba el olor del agua de lluvia en los pinares, y no he querido, de ninguna manera, hacer un monumento de mármol, antes bien una casa con las puertas abiertas, donde todavía suenan sus llaves al llegar y donde sus zapatillas siguen velando nuestros desvelos.
El tiempo en la escritura de estos poemas es el tiempo de Aión, en él, el acontecimiento y el sentido se pliegan posibilitando otras formas de vivir la experiencia del adiós, ajenas a la dominación de la sucesión lineal del tiempo cronológico. Una conversación que se quedó a medias y que la escritura -ese ángel que él me donó- me ha permitido completar, aunque por suerte no terminar. Escribir ha sido mi manera de merecer su lluvia. Una potencia -escribirme desde el duelo- que mi alma reconoce como propia y que se ha elevado con el nombre de una reconciliación con el tiempo: desde el niño sorprendido en Barcelona al hijo que cuida al padre de noventa años una noche de enero en el hospital. Sostenido y atravesado todo eso por un círculo de piedad y de inmensa gratitud.
Antonio Caballero Carmona dejó escritas más de veinte obras: relatos y memorias que se publicaba para entregárnoslos como quien dona un mapa de la memoria de sí mismo y de la historia por dentro desde los años 40 hasta los primeros años del nuevo siglo en España. Durante años, la escritura fue el ruido de fondo, familiar y constante, de su casa. La escritura poética de su ausencia ha hecho cada vez más presente otra manera suya de estar, una presencia que he ido recibiendo línea a línea.
Entre mi padre y yo hay un jardín de símbolos, y como los hábitos ayudan a encontrar un orden adecuado en los vergeles del mundo, hay, entre aquello y estos, uno que se convirtió en imprescindible. La costumbre que acomoda, el concierto cotidiano, en la vida de mi padre, venía dado por el símbolo del periódico y el hábito de su lectura sosegada. Leerlo, sentir el tacto del papel en los dedos, pasar las páginas con delicadeza y diligencia, era su manera de domesticar el caos de la historia y el paso de los días: el periódico o el abrazo que se nos da a deshora, el periódico o el viento en el frío de la tarde noche, el periódico o su luz que me traspasa en la conversación definitiva. Hoy, pronunciar a mi padre es llenar mi mundo de periódicos felices, recordando aquella preciosa novela breve Noticias felices en aviones de papel de Juan Marsé, tan admirado por los dos.
He pretendido, como nos proponía Walter Benjamin, ser un trapero de su memoria, recogiendo los fragmentos y los restos de su escritura para que no se perdieran en la tormenta de la superficie del paso del tiempo y de la prisa. De ahí, que no es este poemario la biografía de un ausente, sino un registro de intensidades y acontecimientos, y es que como escribió Gilles Deleuze, un acontecimiento no es lo que sucede -la muerte, el hospital, el vacío inmensamente punzante y doloroso en la boca del estómago- sino lo que se expresa en eso que sucede. Merecer la lluvia como un modo de hacerme digno de lo que me ocurre, transformando el dolor en una potencia creativa.
Escribir este libro ha sido realmente que estos textos me escriban. No es la decisión de un yo que decide homenajear a su padre; porque, si algo pudiera significar ese yo, sería ese lugar donde el acontecimiento de mi padre sigue insistiendo. Dicho de otra manera, la muerte de mi padre no es un punto final, él me sigue acompañando como una línea de fuga que todavía vibra en las zapatillas vacías, así como en los relatos que él mismo dejó escritos. Al incluir breves textos suyos en cursiva, no estoy citando a otro, estoy dando permiso para que dos flujos de escritura se encuentren en un mismo plano de inmanencia.
Su muerte, gracias a la escritura, no es una falta de ser, su muerte es una presencia nueva, una lluvia con múltiples sentidos que seguirá cayendo sobre la tierra; y cada vez que caiga pondrá en movimiento nuevos y hasta ahora ocultos sentidos, porque la potencia de su vida se sigue efectuando a través del lenguaje. Ya lo tenía para mí, pero ahora que doy por terminado este poemario, sé, con una conciencia frágil y honda, que mi padre es la fuerza que da sentido al flujo de mi tiempo, y también que pronunciarlo es habitar esa paz que nace de saber que somos, por encima de todo, una conversación que no termina, una lluvia que no deja de caer sobre una memoria de vida absoluta. Cada poema me permite recuperar el tiempo perdido, y la misma gratuidad del agua al caer, sin pedir ningún permiso, es la que tengo yo al escribir.
Por último, escribirnos no ha buscado representar de algún modo lo que fuimos. En realidad, el acontecimiento de su pérdida ha sido convocado en mí para, en palabras de Deleuze, inventar el pueblo que todavía nos falta: un pueblo donde el periódico siempre llega a tiempo y donde la lluvia nos permite, por fin, inventar un lugar que nunca estará dado del todo, y por eso mismo en cualquier momento nos puede convocar. En fin, dos hombres que podemos compartir, ahora sí, el mismo instante.
Para merecer la lluvia se terminó de escribir en diciembre de 2024. Ahora que cierro este libro, deseo que tú, lector, puedas encontrar en él algún resto que pueda seguir cayendo con amor para ti. Como el tiempo, que regresa yéndose, en Granada es febrero del año 26, y llueve.
Antonio J. Caballero
Biblioteca de Andalucía, Granada, 30 de abril de 2026 - con la lectura de "Del barro de tu padre", acompañado por los poetas Fernando Jaén, Erika Martínez y Gerardo Rodríguez Salas
"Poesía verdadera porque lucha contra la muerte y el olvido"
Juan José Castro Martín, en su prólogo, lee el libro desde lo sagrado como ausencia - la lluvia como símbolo del padre perdido - y traza su linaje con San Juan de la Cruz, Aleixandre y la niebla celaniana. Destaca que Antonio incorpora versos propios de su padre directamente en los poemas, no como homenaje sino como un mapa cordial compartido de lecturas y voces.
"Hay libros que nacen de una necesidad"
Fernando Jaén Águila, en su segundo prólogo para Antonio, lee el libro como una conversación aplazada entre padre e hijo, con la lluvia -citando a Borges: "una cosa que sin duda sucede en el pasado"- como hilo que atraviesa el poemario. Traza su arco desde el miedo a la pérdida hacia una paz trabajada, donde el recuerdo deja de ser herida para volverse compañía.
"un libro fantasmal, dotado de la fuerza de lo ausente"
Juan José Castro Martín lee Para merecer la lluvia como un libro construido desde la ausencia y la figura del padre, y sostiene que la escritura se convierte ahí en la única forma posible de hablar de un tiempo que no nos pertenece.
"Elegí ser lector antes que escritor"
En esta entrevista con Javier Gilabert, Antonio sitúa Herencia de la nieve como resultado de siete años indagando en la memoria de su infancia en los ochenta, en diálogo con Walter Benjamin y Gastón Bachelard. Reconoce también la huella del profesor Juan Carlos Rodríguez en su manera de entender la escritura del yo.
"un libro imprescindible para entender el duelo contemporáneo en la poesía hispana"
Juan Manuel Navarro Alfaro lee Para merecer la lluvia como un ritual de duelo que invierte el relato del Génesis: en vez de traer orden y luz, cada día del libro (Día Primero, Día Segundo...) acumula pérdida. Señala la infancia y la caligrafía como refugio, los objetos domésticos huérfanos y el diálogo con Vallejo y Dylan Thomas como ejes del poemario.
"una bellísima cartografía emocional"
Gerardo Rodríguez Salas lee Herencia de la nieve a través de la poética del espacio de Bachelard y un epígrafe de Juan Mayorga: la casa como entidad orgánica y consciente, sin separación clara entre el frío exterior y la memoria. Sitúa el libro como un trabajo sobre el trauma intergeneracional que va de la herida a la reconciliación, y cierra sobre la paradoja de una "casa sola" llena, pese a todo, de voces reparadas.
"una casa a la que el lector puede entrar"
Gerardo Martín lee Para merecer la lluvia como uno de esos libros que, más que leerse, leen a quien los abre: nacido de una pérdida íntima -la muerte del padre- pero capaz de convertirla en un territorio donde cualquier lector reconoce su propia ausencia. Sitúa el poemario en diálogo con Borges y Claudio Rodríguez, y destaca cómo el detalle doméstico -unas zapatillas, un periódico, una llamada- se vuelve categoría poética, acercando el libro a Joan Margarit y a su idea de la poesía como refugio habitable. Cierra con la imagen que el propio epílogo propone: no un monumento de mármol, sino "una casa con las puertas abiertas".
Cansada de pasado te acercas a mis ojos,
suburbio donde guarda mi alma
un experto en poner
tildes y el ruido que en el papel deja
el roce de los lápices. Y La isla del tesoro.
Escucho tus ochenta años,
me consuela volver a vivir tu consuelo
otra vez como un niño
que mientras te miro se mira.
Miro tu voz nombrándome,
miro el patio, cercado de rosales,
mi primer mundo: el cielo pobre y frío
de los números y las letras
del reino de la escuela.
En el dictado del porvenir nunca
sabemos quién ordena los párrafos ni el tipo
de relato que un día dará cuenta
del sentido del mundo de cada uno.
Quizá solo seamos
la casa alzada que nos guarda
en el armario de los días
azules y del sol de nuestra infancia.
La letanía previa de un murmullo
que recorre la sangre
de las primeras soledades.
O mejor, la intemperie
que sabe dónde está
la goma para borrar la escritura
de las casas abandonadas.
-Algo pasadas las tres de la tarde,
los geranios colgados
en el extenso ventanal del aula
no aguantan estos fríos.
Me entusiasma aprender
a contar sin los dedos y dejar
la escritura con lápiz.
Entra sencillo el sol como un consuelo
en la casa del pobre.
Barcos, Las aventuras de Tom Sawyer,
el aroma a café caliente,
héroes que me rescatan
de los fantasmas íntimos.
El deseo de la Ilustración cae,
como una lluvia fina,
con su fraterna luz, en la esperanza
de una España que aprende la libertad y sueña
con que seamos más iguales.
Me cuidaban los cuentos, ordenados
alfabéticamente en el estante,
con un secreto que a veces regresa
a darme de beber
de su amparo y de su cuidado.
En algún sitio la bondad será
un hogar y un poema para quienes se cuentan
sus pesadumbres por arrugas
sus derrotas por cicatrices,
su orfandad por deslealtades-.
A través de tu voz
oigo el latir,
inocente y terrible,
de la ausencia de treinta
y tantos años largos.
A través de tu voz
se lanza mi futuro hasta este encuentro
que estaba escrito, pero era solo una
posibilidad entre muchas
en el reino de las causalidades.
Como si nos hubieran alcanzado de golpe
tres primaveras de preguntas
todavía sin contestar,
a través de tu voz.
Sin embargo, hay un tiempo,
con su lluvia, con su horizonte propio,
sus preguntas, su cielo
sin luz
su luz sin aire,
en el que se restaura el arquetipo
que descose la angustia que lo empapa
y lo aligera todo.
Hay un tiempo soñado, sin historia
y sin origen,
en que sin apiadarse
definitivamente de uno
aparecen al lado
de tu almohada
los pantalones de boca ancha,
la pana gastada,
y dos o tres canciones que nos hielan el alma.
Hay un tiempo en la colina
de la compasión de mi pupitre y tus manos,
tus órdenes y la prolongación
de mi madre en el manto de tu voz,
que vendrá conmigo
en los tesoros que el cielo y la tierra
guardan en el regreso
a la música de la niñez.
Porque si alguna vez vuelve un invierno
de finales de los años setenta
no quisiera vivir
ni quisiera quedarme en ellos.
Pero daría lo que fuera
por volver un minuto
de la escuela a mi casa, manchado de tiniebla
y de barro y de los ladridos
de los sueños más nobles que duermen en los libros.
No reprocha el pasado
nada si se comprende su bondad.
Con tu andar cansado te despides.
Me quedo junto al río
Genil, por donde, escribió Lorca,
va el agua donde solo,
como en el Dauro, reman los suspiros.
Llevo en la lluvia de mi pensamiento
un puñado de voces recordadas del patio
de mi niñez. Los gritos y los juegos
de los niños, las niñas que vivimos los años
primeros de la democracia.
Ya voy a clase con mis alumnos.
Estás aquí conmigo,
te cojo de las manos, enseñándome
a aceptar el dolor, mientras me quedo
en un instante donde
se encuentra constelada
toda una vida
en la docilidad
que imponen los semáforos.
Le regalo una sonrisa al niño que se pierde
solo en el patio y coge
una rosa muy blanca, clandestina.
Quiere llevársela a su madre.
La luz de la ciudad nos da otras alas.
Las avefrías de hace cuatro décadas
vuelven a mi regazo
en el punto de nieve
que me acerca a la leña del dolor
más hermoso: el crujir de tantas voces
que se me fueron yendo.
En las ramas del aire de las buenas personas
duerme una tiza,
una fracción reparte los dones de este mundo,
nos da permiso para descansar
el cielo tan azul
hasta siempre de una excursión.
Un mapamundi acerca
el agua y los misterios
de las profundidades de los mares.
El muro que dividía las dos Alemanias.
La frágil calidez del oficio que se ama.
El amor
de una maestra se guarda
al poner el mantel
de la mesa de la cultura.
Tú, un tesoro y yo, como tantas veces,
una isla solitaria en el desierto.
Como vuelve una madre a recoger
las tristezas y el viento
que olvidaron los niños,
así te espero yo,
con un cielo de estrellas aseadas,
esta noche de julio.
Cuelgan de los recuerdos
las palabras del último septiembre,
las palabras que no acerté a decirte.
Y los copos de nieve cuelgan de tu rosal.
Te espera el frío seco
que se mete en las sábanas
azules, limpias de mis vacaciones.
Una máquina de coser,
cualquier silla, la silla
del hijo que perdiste.
Todas las cosas bajo la llave del silencio.
Ahora me parece que la vida
siempre puede morir
cuando acaba el verano.
Los frutos del serbal también te esperan.
Corre el agua del río Fardes por el Besós.
Cuando abro las ventanas del balcón
de tu infancia me salen al encuentro
las flores de Las Ramblas.
En mitad de la calle
Real de mi niñez,
junto al Mirador de Colón,
me espera el mar que nunca he visitado
pero que ya me anega el alma
de misterio y de sal.
Vivo en la nieve de febrero.
Viajo en una maleta de cartón.
Soy un vagón de aquellos trenes
en la inmensidad mágica
del amor imborrable que dejaste
en las sillas vacías de este mundo
cada día más solo.
Era la luz de mi niñez en todas las cosas.
En las sombras del yo y en las urgencias del amor.
En el olvido difícil
y en la contienda de lo que se ha roto.
Lo inocente de su gesto en todos los lugares.
Era el dolor de la infancia en los charcos.
En el deshielo lento de las lápidas,
en el amarillo viscoso
con que viste la envidia
y en los zapatos harapientos de las tormentas.
Era una narrativa de deseos
envejecidos, lo que ocultó el humo
cansado de mi casa.
Y como estaba escrito
fue el rencor un cansancio por los ojos,
un gesto derrotado por la calle,
un cielo sobrio, un cielo
empapado por el agua del siglo.
Era la luz de mi niñez en la muchedumbre
de las contradicciones,
como un vértigo nuevo
en el corazón cifrado, enigmático,
de todas estas cosas que son mías.
Cuánta muerte velaba en mis preguntas
cuántas respuestas trajo
el deshielo impensado de la nieve.
Era el porvenir largo en aquel viento.
En los postigos grandes
de la niñez se levantó la cálida
emoción que traía bajo el brazo
la promesa de un mundo
que quería ser más bello y más justo.
Tus zapatillas duermen en mi casa,
juntas y muy calladas velan este mal sueño.
Cada tarde, antes de que la sonrisa
de tu noche me llene la cama de preguntas,
entro en la habitación
para hacer inventario
de tanto como guardo y me llevo de ti
y me siento en el filo de la cama.
Me pongo a meditar
al lado de tus zapatillas.
No pudieron llevarte a caminar
por las montañas donde te perdías
entre la leña de tus pensamientos.
En ellas me absuelve el amor de tu risa,
el brillo bondadoso
de tu vejez y la sabiduría
que el dolor y los cielos te prestaron.
Tus zapatillas andan buscándote en mi casa,
yo les digo que como
la casa de uno mismo
no encontrarán ninguna.
Aunque los dos tenemos
la misma talla de zapatos,
qué difícil ponerme ahora y aquí en tus pies,
qué difícil decirte adiós cada minuto,
abrazado tan frágil,
sin ti, a tus zapatillas en mi casa.
En todas partes y en ninguna parte.
En todos sitios tú
y yo sin ti en ninguno.
En tu manera de verme en las fotografías.
No sé si todavía me miras desde ahí.
En todas las alturas de los chopos
de la memoria,
que me pone delante de los ojos tu muerte
hasta que yo me vaya
con mi hora última y con mi última nieve.
En los miles de llantos que caben en la lágrima
impensada que en este doloroso
momento del final de este poema
se termina cayendo al agua rota
que flota en el recuerdo.
Y mientras caigo
aprendo a decir tu nombre a oscuras,
sin orilla.
Tu ausencia, mi sudor y tu silencio
habitan uno ochenta y uno de altura.
La identidad extraña del día de después.
El asedio a mi cuerpo del frío de otras veces.
Y sé que junto a ti han envejecido
las mentiras con las que me vestí.
También ha madurado una conversación entre los dos.
La paz que más nos cuesta es la que salva.
Esta noche es de un metro
ochenta y uno de hielo
y es de la savia atávica y el instinto
que empuja en la consigna
de tierra de la sangre.
Este uno ochenta y uno de altura ordena
la nieve, la escritura,
el acecho terrible, brusco, urgente
del golpe de una luz
ciega que no comprendo.
Mi padre se queda a vivir con todos
los nosotros
que hemos podido ser entre los dos,
mientras su voz escribe
en este uno ochenta y uno
tan mío.
Para llegar al río cruzas bajo la noche
de un cielo con estrellas infinitas.
Solo, bajo la sombra cotidiana del hambre.
El niño observa cómo se arma un horno
–se necesita leña dura de monte bajo–
para cocer las tejas.
Al fondo donde llega poca luz
–donde lo más oscuro de los hombres–
arde el deseo
de su padre cantando
su soledad a cuestas.
Mientras tarareaba a la Piquer:
por quién llora, por quién bebe, por quién
sufre y espantaba el frío del invierno,
pasaban deshojándose en su imaginación
la lluvia y aquellos trenes
que iban hasta Polonia,
y el destino final de la devastación
cubriendo de tinieblas
el continente de las Luces,
ahora oscurecido.
Con ocho años sabías que el lenguaje
y el barro aguardan unas manos
que los confíe a tientas
al temblor de la luz,
de lo contrario el peso de la nada
o el peso de la guerra
los abandonará sin culpa alguna
al olvido.
Leer al otro: una forma de hospitalidad para pensarse mejor
"La poesía no es otra cosa que el intento de construir el yo".Juan Carlos Rodríguez
Poema
Fernando Jaén, poeta y médico, autor de El corral de las cuatro esquinas (Dauro, 2002) y Las reparaciones (Esdrújula, 2017), entre otros títulos.
Sé que el dolor no cierra los ojos. Tus manos que remendaron mi ropa siguen a tientas las cicatrices cosidas del esfuerzo. Siempre has sabido distinguir en mí lo bueno, aunque nunca me lo hayas dicho con palabras. Tu trabajo silencioso en los días pequeños dejó prendida en mi cabeza la idea de reparación. Reparar, desde entonces hasta ahora, es pensar en ti.
El poema de Jaén se sostiene en una paradoja mínima que casi pasa desapercibida: "cicatrices cosidas del esfuerzo". Normalmente se cose la herida, no la cicatriz: se cose mientras está abierta, y la cicatriz es lo que queda después, ya cerrada, cuando, probablemente, coser ya no hace falta. Que este poema hable de cicatrices cosidas invierte ese orden: trata la marca ya cerrada como si la reparación no hubiera terminado en ella, como si siguiera dentro. A mi juicio, ese detalle es la puerta de entrada real del poema, incluso más que la anécdota doméstica que lo sostiene.
Nunca dice el poema de quién es esa mano, solo dice tú. Ahí puede estar la clave: no hace falta nombrarla. Emmanuel Lévinas llama rostro a esa presencia que reclama responsabilidad por el solo hecho de presentarse, sin nombre ni parentesco que la respalden. Las manos que cosen en el poema funcionan así: cuidan y salvan sin que el poema tenga que decir de quién son. No lo sabemos, y quizá no haga falta saberlo: son la otredad que se ocupa de nosotros y de nuestra vulnerabilidad.
Hay una tradición - la cabalística - que llama tikún a esta clase de reparación, dicho de otra manera, esta reparación es la que trata de rehacer el mundo llevando la rotura dentro. Esas manos no conocen la palabra, y, sin embargo, cosen igual.
Walter Benjamin permite llevar esto más lejos que la metáfora. En la tesis IX en Sobre el concepto de historia, el ángel de la historia mira hacia atrás, hacia un único cúmulo de ruinas, mientras una tormenta - la que llamamos progreso - lo empuja de espaldas hacia el futuro sin dejarle recomponer nada. Redimir, en ese esquema, es rescatar una imagen del pasado que relampaguea en un instante de peligro y se vuelve legible; esto es, el Jetztzeit, el tiempo-ahora. La costura visible del poema de Fernando Jaén cristaliza ese mismo cruce - pasado y presente juntos en una sola forma legible -, lo que Benjamin llama imagen dialéctica.
Hay otra figura conceptual-intuitiva, la del que llamara Terry Eagleton el rabino marxista, que cabe todavía mejor en este poema. En El narrador, Benjamin sostiene que la vasija de barro guarda la huella de la mano del alfarero, y que esa huella distingue la experiencia narrada y transmisible (Erfahrung) de la información que se consume y se agota en el instante (lo que Benjamin llama Erfahrung). Esa es la huella que el poema dice haber sabido sin necesidad de palabras. Pero, es en El París del Segundo Imperio en Baudelaire donde Benjamin llama al trapero de este modo: "trapero o poeta, a ambos les concierne la escoria". Es el trapero esa figura que recorre la ciudad de noche recogiendo lo que todos han desechado y le da, con ese solo gesto de recoger, una segunda vida. También Benjamin, en una carta aparte, extiende el gesto a su propio oficio: quería "captar el cuadro de la historia (...) en sus escorias". Esas mismas manos hacen lo mismo con la ropa rota, que no es sino las brechas y las caídas propias, en este caso, las del sujeto poético. Este análisis del poema epónimo se puede extender a todo el precioso poemario.
El poema no promete que reparar borre el daño. Promete, más modestamente, que atender a lo roto se vuelva, con el tiempo, una forma de pensar más elevada. Y cabe preguntarse, con el poema mirándonos de frente: ¿no es acaso la poesía un ángel que se enciende en la oscuridad? Si lo es, no es el ángel del cuadro de Paul Klee, el Angelus Novus, que queda paralizado por la tormenta. Es el que se detiene ante la ruina o el desamparo concretos de una casa, de un cuerpo, de un rostro, y ahí, donde el otro no puede, enciende una luz pequeña. "Reparar (...) es pensar en ti" es una tesis ontológica antes que sentimental: el objeto reparado se olvida, pero el modo de repararlo puede heredarse para no olvidar lo que secuestra el olvido, tanto en la historia grande como en nuestra historia de todos los días.
julio de 2026
Antonio J. Caballero
Poema
Erika Martínez, poeta, aforista y profesora en la UGR, autora de Color carne (Pre-Textos, 2009) y Chocar con algo (Pre-Textos, 2017), entre otros títulos.
Se podría afirmar: yo soy mi cuerpo. Sin embargo, si perdiera la pierna derecha en una batalla o huyendo de la batalla o más bien en un estúpido accidente doméstico, seguiría siendo yo. También seguiría siéndolo si perdiera las dos piernas, o incluso todos mis miembros. ¿Cuánto cuerpo tendría que perder para dejar de ser yo? Quizás una mínima parte de mí representaría al resto por sinécdoque. O quizás mis restos me convertirían en otra. Cortarte las uñas te modifica existencialmente.
El poema en pocas líneas carga con una de las preguntas más obstinadas de la filosofía moderna, una pregunta que podríamos enunciar así: qué constituye la identidad de un sujeto.
Sucede que la imagen del cuerpo pone a prueba cualquier idea fija de quiénes somos. El poema, como podemos ver, arranca de una hipótesis casi spinozista: uno es su propio cuerpo. La formula como algo discutible, nunca como una certeza, y la pone a prueba enseguida con pérdidas imaginadas -la pierna, las dos piernas, todos los miembros-. Entonces, la pregunta que nos surge de inmediato es, si ninguna pérdida me borra del todo, ¿cuánto cuerpo hace falta perder para dejar de ser yo? Spinoza pensaba que mente y cuerpo son la misma cosa vista de dos formas distintas. El poema empuja esa idea hasta un sitio difícil de mirar.
Las amputaciones no piden compasión al lector. Van de la guerra al accidente doméstico, de lo histórico a lo trivial, y ese recorrido no es casual. En este sentido, Judith Butler distingue la precariedad que comparten todos los cuerpos, por el simple hecho de estar dados y expuestos a los otros desde el principio, de la precariedad que unos cargan más que otros según dónde y cómo les toque vivir. El poema mueve al lector entre las dos, entre la precariedad ontológica y la que hunde sus razones en las condiciones históricas; y como pasa en la realidad, tampoco es fácil distinguir en el poema los pliegues entre unas y otra. Con todo, quizá podemos hacer una cierta división así: la guerra pertenece a la segunda, el accidente doméstico a la primera, y ambas dejan una misma marca.
El poema no iguala éticamente todas las pérdidas -sería una lectura ingenua. Las grandes siguen pesando más, y así debe ser: no es lo mismo perder una pierna que cortarse las uñas. Pero incluso el cambio más pequeño participa de la misma estructura profunda, la de un yo que se rehace sin descanso. La jerarquía del dolor sigue en pie; lo que se añade es que ninguna modificación, por menor que sea, queda del todo fuera de ese proceso.
Observamos cómo el poema no cierra con una respuesta. Cierra haciendo referencia a los restos. Un fragmento mínimo podría representar el todo, dice, o quizá los restos me pudieran convertir en otra. Fue Derrida quien trabajó con la palabra restance, es decir, lo que queda, lo que sobrevive a la propia repetición de uno mismo. Para el pensador no hay una identidad completa que luego se fragmenta. No. Para Derrida, a eso remite restance, desde el principio somos diferencia y aplazamiento, y es que somos huella que subsiste en la identidad, antes que presencia acabada.
Esto quiere decir que el resto no llega después del yo, el resto lo precede. Creo que Martínez ya apunta a eso, la otredad llega después de la pérdida, así como también éramos otra antes de que se produjera la pérdida. Porque podríamos decir yo soy mi cuerpo, sin embargo, cada vez que el cuerpo pierde algo el yo tiene que volver a definirse contra lo que ya no tiene; y es que no hay ningún yo esperando entre una modificación y otra modificación. En fin, nunca se coincide con uno mismo en este instante, ya que lo que soy remite a lo que fui y a lo que puedo llegar a ser: la identidad está siempre en aplazamiento.
Por eso, pesa tanto el último verso: «cortarse las uñas te modifica existencialmente». Es un verso que nos sorprende porque nos lleva casi al absurdo. Ahí está su fuerza: borra la distancia entre la gran pérdida y el gesto mínimo, dicho de otro modo, entre la amputación y la manicura. Toda modificación, por pequeña que sea, ya forma parte del mismo proceso, el que empezó con la idea spinozista de que uno es su propio cuerpo, en fin, que pensar y ser cuerpo no son cosas distintas, y el que termina, sin solemnidad ninguna, en unas uñas cortadas.
Tal vez el poema no nos pregunte cuánto cuerpo hace falta perder para dejar de ser uno mismo sino qué permanece de nosotros cuando todo aquello con lo que nos identificábamos ha empezado a cambiar.
julio de 2026
Antonio J. Caballero
Poema
Rosa Morillas, poeta y profesora titular en la UGR, autora de De lo cotidiano (Área de Cultura del Ayuntamiento de la Zubia, 2006) y Catatónico amor (Esdrújula, 2022), entre otros títulos.
Que la vida iba en serio Me dijeron tantas veces Para presumir hay que sufrir O callada estás más guapa la letra con sangre entra O las flechas de Cupido. Tantas cosas me dijeron tantas veces repetidas que creerlas ya no quise y reté al paso del tiempo Mortadelo en los tebeos con vestidos de colores o disfraces imposibles. Y fui yo quien hizo sangre con la letra convertida en otras flechas más dañinas. Hoy no tengo más remedio que aceptar esta premisa que si en serio iba la vida más en serio va la muerte que cualquier tiempo pasado fue mejor sin duda alguna pues entonces conocimos las gallinas engordadas la zorra y sus verdes uvas la princesa del guisante Robin Hood y Blancanieves la manzana que te ofrecen el reptil o la madrastra Genoveva de Brabante en polvos blancos o jeringas el miedo en los callejones. Y no vino ningún príncipe aunque habite en la memoria más real que el padrenuestro que arrullaba nuestros sueños y las esquinas de la cama o ese timbre oscurecido de las voces enlatadas en el NO-DO de los cines matinés de los domingos intercambio por la misa Silvio, Dylan, Frank Sinatra los sonidos de otras lenguas rebeldía en blanco y negro los poemas subrayados subtítulos en las películas y la música insistente palpitándome en la sienes I am alone again, naturally.
El primer verso esconde una cita: recuerda al «No volveré a ser joven» de Gil de Biedma (Poemas póstumos), donde una lucidez tardía llega demasiado tarde para servir de consuelo. Morillas cambia el dueño y la edad -ella se dirige a una niña- y suelta esa lucidez entre otras frases hechas que nadie firma: mandatos sobre el sufrimiento, sobre el silencio, sobre aprender a través del dolor. No son metáforas sueltas. Son enunciados performativos: no describen una conducta, la ejecutan al nombrarla sobre un cuerpo de niña. Decirle a una niña que callada está más guapa la construye en el acto mismo de nombrarla. Foucault estudió esto en Vigilar y castigar, y llamó "cuerpos dóciles" al resultado -cuerpos que la disciplina no encuentra hechos, sino que fabrica a fuerza de repetición, verso a verso, igual que aquí. La más desnuda de esas frases es la que iguala letra y sangre, el conocimiento que entra en el cuerpo por el castigo, sin necesidad de traducción. El verso siguiente confirma que el poema lo sabe, cuando la voz admite que tanta repetición terminó por vaciarla de fe. Esa incredulidad que llega después de la repetición es justo el punto donde Foucault sitúa la fisura de toda disciplina: el instante en que empieza a asomar la costura de lo que rodea cualquier momento histórico -una costura que, en gran medida, ya es una producción de sentido desde el inconsciente, personal y colectivo.
Con todo, antes de rendirse, el poema pelea. Reta al tiempo con Mortadelo y con disfraces imposibles -una primera línea de resistencia, una contradisciplina hecha con el material que tiene a mano, los tebeos- hasta que confiesa la derrota: quien acabó hiriendo fue la propia voz, con esa misma letra vuelta contra sí en forma de daño nuevo. No hay victoria retórica en ese giro, solo el reconocimiento de que el dolor que otros administraron se lo sigue administrando una misma, y eso es lo que hace radicalmente honesto al poema. La disciplina no se combate desde fuera porque ya no está fuera: se hereda, se reproduce, y quien fue disciplinado acaba disciplinando después. Es exactamente la figura del panóptico que describe Foucault, un poder que deja de necesitar vigilar porque el vigilado aprendió a vigilarse solo. Boal, más tarde y desde el teatro, llamó a esto "el policía en la cabeza" (El arco iris del deseo), y lo dejaba sin responder a propósito en sus grupos, para que el trabajo lo hiciera el espect-actor: qué hacer con un vigilante que ya vive dentro. El poema tampoco responde. Le basta con mostrar el cambio de sujeto -de que algo le fue dicho a que fue ella quien lo hizo-. Desde ahora vigilante y vigilado comparten el mismo cuerpo, primer paso de la construcción de un yo otro.
Después, en Educación sentimental se produce el giro hacia una certeza rotunda sobre que cualquier tiempo pasado fue mejor, trayendo a Manrique -que en el original dejaba la duda abierta, como opinión, no como certeza-, y la ironía se delata sola: Morillas le quita esa reserva y pone en su lugar una seguridad que nadie necesita si de verdad no tiene ninguna duda. Lo que sigue es un inventario de cuentos, personajes y algunos de sus símbolos: gallinas engordadas, la zorra y sus verdes uvas, la princesa del guisante, Robin Hood, Blancanieves, la manzana que te ofrecen, el reptil, la madrastra, Genoveva de Brabante. Barthes llamaba a esto lenguaje robado, porque el mito no inventa el signo, sino que se lo apropia: toma uno ya cargado de historia, lo vacía y lo rellena de naturaleza hasta que la construcción cultural logra que pase por esencia, por "así son las cosas", ya sin fecha y sin autor (Mitologías). El poema hace el robo al revés: coloca ese catálogo de cuentos y personajes junto a las drogas y el miedo real de la calle, y ese roce le devuelve al cuento la fecha y el autor que el mito le había quitado. Lo hace contemporáneo de la heroína y del peligro real, no anterior a ellos. El poema remata la ironía asegurando que ningún príncipe llegó a rescatar a nadie, aunque esa ausencia siga habitando la memoria con más fuerza que cualquier oración aprendida de niña. Lo que queda no es el rescate prometido por el cuento, sino un eco apagado de voces grabadas que abre paso al inventario siguiente.
Pienso que la enumeración final del poema intensifica lo que vengo analizando. El NO-DO, las matinés de domingo, la misa, Silvio, Dylan, Frank Sinatra, sonidos de otras lenguas, poemas subrayados, subtítulos, una música insistente palpitando en las sienes: son nombres propios y objetos sin una jerarquía visible en primera instancia. Esa otra lógica, distinta a la lineal que une una causa con su efecto, es justo lo que impide que se mitifiquen. El mito necesita robarle al signo su historia concreta para rellenarlo de esencia; esta lista se queda pegada a la suya, a la fecha, al nombre propio, y por eso no compone una fábula sino un inventario. Cuanto más vago el referente, más fácil naturalizarlo -y aquí ningún referente es vago. Frank Sinatra no es "un cantante", es Frank Sinatra, con nombre propio y década; el NO-DO no es "el cine de antes", es un noticiario con sigla y con fecha de caducidad política. Esa precisión es la que ningún mito puede permitirse, y es la que el poema desarrolla con belleza. Ni las gallinas engordadas ni Frank Sinatra alcanzan a volverse mito. Los dos siguen siendo, tercamente, lo que eran: datos de una memoria sentimental, sin alcanzar nunca el estatus de leyenda.
El poema no tiene cierre. Me explico. El poema termina en «I am alone again, naturally», un verso de Gilbert O'Sullivan dejado sin traducir, como si el inglés fuera la única lengua que le quedaba disponible para decir lo que ni la disciplina ni el mito habían conseguido nombrar. Un verso de una canción que se instaló en la cabeza y allí se quedó, de las que no se pueden desalojar de dentro. El poema la deja sonar tal cual, sin traducirla, sin glosarla. ¿De quién es esa soledad final, de la niña que fue disciplinada o de quien escribe mirando atrás? El poema no responde. Sigue sonando, como la canción, en un idioma que nunca acaba de ser -como ningún idioma- del todo suyo.
Tal vez el poema no busque perdonar la educación que recibimos, sino reconocer cuánto de ella seguimos repitiendo nosotros mismos, mucho después de que otros dejaran de decirla.
agosto de 2026
Antonio J. Caballero
Poema
Paula Rodríguez Bouzas, poeta y profesora titular en la UGR, autora de Desabrochar la piel (Nazarí, 2022) y Destilación (Nazarí, 2026).
TU GARGANTA DE SAMARIÁ ¡Qué, quién o quiénes, joven de mirada pálida, hemos soltado tu alma desde las Montañas Blancas entre los ecos infinitos de la garganta agreste donde se pliegan las eras del mundo! Te vas despeñando entre las paredes severas, los árboles circunspectos y guijarros sedientos. tu clamor se pierde en la indiferencia que los siglos han dejado en los estratos verticales. Tu cuerpo flácido, tu voz marchita se amortigua durante la caída y los pájaros vuelan y las fuentes cantan mirando hacia otro lado. Hasta la ermita guarda silencio, como si el mundo se hubiese vaciado. ¡Cuántos bailes llevas sin música de fondo, como contemplados a través de un cristal! ¡Cuántos plurales vacíos! Esa garganta del mundo (sus siglos plegados, rumores de agua, de brisas y trinos indiferentes a las almas) se cuela en la tuya. Va penetrando el lento, sigiloso y expansivo humo de oquedad que al fin riega por goteo tus flores y árboles frutales hasta volver yerma tu huerta, decrépita a la alborada. Se derrama ahora tu clamor en tu tierra saqueada y te arrastras entre el polvo y los ecos y solo ves la salida en el mar oscuro y no encuentras la barca en la playa. Paula R. Bouzas
El poema que traigo hoy pertenece a Destilación, de Paula Rodríguez Bouzas, publicado este mismo año en Nazarí. Y creo que el título del libro es también su clave de lectura: la destilación es un proceso en el que el vapor se condensa despacio hasta caer en forma de gotas, y eso describe exactamente la imagen central del poema, el humo que termina regando por goteo. Lo que sale de ese alambique, a mi juicio, no es otra cosa que el vacío mismo -la sustancia purificada es la propia oquedad.
El poema arranca con una acusación que en ningún momento encuentra un cauce donde obtener respuesta: quién ha soltado esa alma desde las Montañas Blancas. Aquí conviene no olvidar el paseo típico que hace un turista cuando visita la garganta de Samariá: miles de personas la recorren con mapa, cantimplora y un trayecto bien señalizado. El poema invisibiliza toda esa parte turística -no hay cartel, ni grupo, solo el joven y la piedra. Esa omisión es ya toda una intención: la escritura ha convertido un sendero turístico en un descenso mítico. Con todo, la caída no es un accidente, es un nosotros que incluye al sujeto poético y al lector, los dos vemos caer a ese joven desde lo alto. Esta bajada es una responsabilidad colectiva y anónima que no vuelve a mencionarse, pero queda flotando sobre el resto del texto.
Luego, el peso de la edad de la piedra -los siglos acumulados en sus estratos verticales, convertidos en memoria que no escucha a quien cae dentro de ella. Pienso en el imprescindible análisis de lo irreparable que ha trabajado Agamben en La comunidad que viene, donde lo irreparable no es ausencia de reparación sino la imposibilidad de que las cosas sean de otro modo a como son -esa misma imposibilidad es, para Agamben, lo único que realmente se puede bendecir. El poema, en su primera parte, se queda en el clamor, pues todavía pesa más la condena que la gracia. Con todo, va entreabriendo la puerta a que entre con toda su potencia lo irreparable agambiano, y esa potencia no tarda en llegar: cuando la garganta del mundo se cuela en la del joven, el irreparable deja la piedra y pasa a ser propiedad del alma. Cuando ese humo de oquedad termina por volver yerma su huerta, decrépita al alba, el ser-así ya no describe el paisaje exterior, describe lo que el propio sujeto ha llegado a ser. No lo hace como metáfora de la piedra inanimada e indiferente, sino como estado consumado del sujeto, que ya no puede ser de otro modo que ese, yermo, el cual es.
Hay una imagen que destila soledad y algo más que soledad: bailes sin música de fondo, contemplados como a través de un cristal. Esto es un espectáculo silencioso. El joven no baila, ve bailar, o peor, ve su propia vida bailar detrás de un vidrio que no deja pasar el sonido. Ese cristal es quizá la imagen que guarda el secreto de todo el poema: la vida propia convertida en algo que solo se contempla desde fuera. Y, algo más, incluso el refugio calla -hasta la ermita guarda silencio, como si el mundo se hubiese vaciado. Las resonancias del poema se desdoblan casi rozando la noche oscura de San Juan de la Cruz, aunque invertida: en San Juan la oscuridad conduce a la unión, y aquí no conduce a ningún encuentro, solo deja al joven despojado, sin más. Es, por decirlo así, una noche oscura en lo oscuro y sin llegada.
Solo al final busca una salida y solo encuentra «la salida en el mar oscuro», sin dar con la barca en la playa. Queda claro el eco homérico, aunque con un matiz importante: si en Ítaca Cavafis pide no temer a lestrigones ni a cíclopes porque el viaje importa más que el lugar al que se llega, aquí no hay viaje que disfrutar, ni siquiera hay barca con la que empezarlo. Tampoco hay testigo, porque los pájaros y las fuentes cantan mirando hacia otro lado. Esa indiferencia del paisaje rompe además la convención de la elegía pastoril, donde la naturaleza suele llorar junto al doliente, como en la Égloga I de Garcilaso. Aquí se invierten los términos: pájaros y fuentes siguen su vida, miran hacia otro lado. El poema le niega al joven hasta el consuelo de que la naturaleza sufra con él.
Finalmente, queda el yo detenido en la arena, sin mar y sin barca, queriendo decirse a sí mismo ante un paisaje que no le devuelve ninguna palabra. ¿Pudiera ser que la pregunta fundamental que sostiene el texto sea que ese quedarse es la única forma de travesía posible? Si de alguna manera pudiera ser así, entonces estaríamos dentro de lo irreparable -el protagonista sí ve la salida, aunque sea la de un mar oscuro, pero la barca ha desaparecido. Si al principio la garganta y el joven parecen dos realidades diferenciadas, poco a poco esa separación desaparece: la garganta deja de ser un lugar para pasar a constituir aquello que el joven es. No es que no pueda ser salvado, sino que ha llegado a ser así. Y si antes decíamos que el poema se queda en el clamor, pesando más la condena que la gracia, quizá haya que matizar esto ahora: puede que ese quedarse, mirado desde el final, ya no sea tanto condena como la única gracia que este poema es capaz de darse. Me lleva esto otra vez a pensar en Agamben: si lo irreparable no es tanto lo que ha de ser reparado, sino aquello que puede ser contemplado en su ser así, quizá todo consista en permanecer ante lo que se ha vuelto irreparable. Esa es otra historia, ya sin barca y sin ninguna promesa de reparación -historia que Paula trata en otros poemas. Como le he escuchado alguna vez a la propia Paula Rodríguez: la búsqueda de un equilibrio difícil dentro de las polaridades de la existencia.
19 de julio de 2026
Antonio J. Caballero
Lectura de poemas: un poema de cada libro en mi propia voz
Música: Alendra
Festival de poesía El Laurel, 4 de agosto de 2026
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